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Después del caos


También yo he deseado, más veces de las que admito, retroceder en el tiempo. Volver a ese punto exacto donde una decisión parecía pequeña, casi insignificante, y cambiarla. Imagino que si hubiera elegido distinto, si hubiera dicho otras palabras o guardado silencio en el momento preciso, tal vez hoy no cargaría con este tormento interno que aún me persigue. Tal vez el caos no habría encontrado la forma de quedarse a vivir dentro de mí.


Pero la vida no concede ensayos ni versiones alternativas. No hay portales, ni máquinas imposibles, ni segundas líneas temporales donde corregir lo que dolió. La realidad es cruda y lineal: avanza sin preguntar si estamos listos.


Y aunque a veces me pesa aceptar que no puedo rehacer el pasado, también entiendo que no todo está perdido en lo que fue. Entre los errores y las ruinas quedaron aprendizajes, cicatrices que ahora son mapas, fragmentos de quien fui y ya no soy. El caos me rompió, sí, pero no logró desaparecerme.


Así que, desde los escombros que quedaron de mí, con las manos aún temblando y el corazón aprendiendo a latir sin miedo, me reconstruiré. No seré la misma versión que se quebró; seré otra, más consciente, más fuerte, más real. Porque si no puedo volver atrás, al menos puedo decidir cómo avanzar.

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