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Sobrevivir al propio cansancio


El cansancio emocional no siempre hace ruido. A veces no se manifiesta con lágrimas ni con gritos, sino con una sensación silenciosa de vacío. Es ese momento en el que todo pesa: las responsabilidades, las conversaciones, las expectativas propias y ajenas. No es pereza, no es debilidad. Es saturación del alma.


Sentirse cansado de la vida misma no significa que no la valores; significa que has estado resistiendo demasiado tiempo sin detenerte a respirar. El estrés por cumplir, por responder, por no fallar, termina convirtiéndose en una carga constante. Y cuando el cansancio toma el control, la motivación se apaga como una luz tenue. No es que no quieras seguir, es que por instantes simplemente no puedes.


Hay una diferencia profunda entre estar solo y sentirse solo. Lo segundo es más oscuro. Es como si todo alrededor perdiera forma, como si el mundo siguiera girando pero tú quedaras suspendido en una especie de sombra interna. Y esa sombra no siempre se explica con palabras. No siempre se entiende desde afuera.


Sentirse mal no te convierte en una mala persona. Al contrario, es una señal de que eres humano. La vulnerabilidad no es una falla del carácter; es una evidencia de que sientes, de que te afectan las cosas, de que no eres indiferente. La fragilidad no te resta valor, te recuerda que no eres una máquina diseñada solo para producir, cumplir y resistir.


“Caer y levantarse” suena inspirador en una frase corta, pero el proceso real es incómodo, lento y, a veces, doloroso. Levantarse implica mirar los propios rotos, aceptar que existen, y aun así decidir seguir. Nadie ve las batallas internas, solo observan los resultados. Y muchas veces juzgan desde la superficie, sin comprender la profundidad de lo que se está atravesando.


Quizás el cansancio emocional no sea un final, sino una señal. Una pausa obligatoria del alma que pide límites, descanso, silencio y, sobre todo, compasión propia. No todo se resuelve de inmediato, y no siempre hay una luz brillante al final del túnel. A veces la primera luz es simplemente reconocer: “Estoy agotado, y está bien admitirlo”.


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